De Ourense a Helsinki y con suerte de vuelta

El domingo pasado cuando volvíamos de un pequeño viaje por la zona del Ribeiro gallego, uno de mis mejores amigos, sentado en el asiento de copiloto me dijo a modo de dictamen narrativo: «deberías escribir acerca de la libertad que te da tener coche», y la verdad es que sí. Desde que me saqué el carnet de conducir y me puse detrás del volante no había hecho el ejercicio de mirar atrás y ver el salto.

Ese domingo justo habíamos hecho una ruta por carretera: 25 minutos de autovía para llegar a la zona del Ribeiro y otros 15 más por carreteras secundarias entre vides y faldas de montañas. Buscábamos el Museo do Viño Galego, que asumí que como un hallazgo menor y un poco fuera de la ruta inicial que teníamos: Castrelo de Miño. Lo cierto es que ese museo fue uno de los descubrimientos más interesantes de todos los viajes de domingo que habíamos hecho. Justo al lado estaba el pueblo en el que poco más de 20 casas se apilaban alrededor de una plaza escueta y una iglesia monumental, algo quizás grandilocuente para un lugar tan pequeño.

Uno de los vecinos nos dijo que colina arriba había una casa rural llamada el Casal de Arman, otro punto al que subimos solo para encontrarnos con unas vistas amplias y tenues de un valle cubiertos de vides, de montañas moldeadas y con sus faldas convertidas en terrazas.

La idea de tomar algo allí y quizás comer se nos fue un poco para los pies cuando vimos un logo enorme en la puerta del lugar que rezaba “Michelín” y eso nunca es sinónimo de barato, que era el principio del viaje.

Después de discurrir por las vistas finalmente entramos al museo e hicimos el recorrido por la historia del vino gallego. Aquel pazo había sido una franquicia de monasterio donde los monjes del medioevo supervisaban a los campesinos en el cultivo de la uva y la vendimia. Era tanta la producción del vino del Ribeiro, que el excedente se metía en los galeones españoles e iba a dar a América. Pero primero era para los monjes de Santiago.

Casi al final, la guía nos mostró la bodega del pazo: un espacio enorme excavado directamente en la roca, a 11 grados y lleno de cubas.  

El resto de la tarde discurrió entre otras carreteras rurales y una estancia distendida frente al Miño represado. La gente tomaba sol sobre la hierba, otros en la terraza del Club Náutico despejaban el calor con una cerveza o un vermú y un grupo de muchachos británicos medio rojos por el sol se lanzaban al agua a hacer deporte de remo, iban acompañados de un instructor que les gritaba en inglés: «That’s it, keep going».

En perspectiva, la idea de haber pasado la tarde de aquella forma habría sido imposible sin coche. Quizás algún bus nos hubiera llevado y traído, pero sujeto a un horario o a un programa de viaje. Mi Seat Ibiza me había dado un pedazo de libertad que nunca antes había tenido. Cinco meses después de subirme por primera vez en él había rodado más de 4 mil kilómetros, o lo que es casi igual, había ido de Ourense a Helsinki en un viaje interminable.

Ahora que el coche se me hunde en polvo y me falta en el día a día por un problema mecánico demasiado costoso, pienso en el año que estuve estudiando como si esto fuera el master que nunca hice, en los malabares de tiempo y dinero para cada clase. Pienso en la primera vez en una autovía a 120 km por hora. Pienso en todos los puntos que he puesto en el mapa como marca de cada rincón descubierto, de cada valle que he visto, de cada castro celta hasta el que fui y las docenas de pueblos que la Galicia profunda me ha revelado.

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