Techos de pizarra y muchos mineros

Juro que Madrid no está tan lejos como está El Barco de Valdeorras, que ni tiene barcos, ni mar, ni agua que no sea la del río Sil. Pero sigo yendo a ese fin del mundo, que debería tener por nombre Finisterre.

No hay castillos, ni catedrales, ni una Plaza Mayor, solo edificios de ladrillos, techos de pizarra, muchos mineros y una estación de la Policía Nacional. Que es por lo que fui y aparentemente seguiré yendo. Es eso o caer en las manos de las mafias y su control total de las citas para hacer “panchitadas” como diría uno de mis compañeros de trabajo. Que si no fuera porque es un alma buena lo hubiera crucificado por racista, pero al final un poco de razón tiene. Emigrar es un bucle sempiterno de papeles, declaraciones, resoluciones y pruebas.

Aunque el viaje reciente lo hice feliz y de muy buena gana. Quizás por eso esta sea la crónica menos crónica, porque nada terrible ha sucedido. El cartero no ha venido a tocarme la puerta dos veces.

Solo recibí un email, un “non replay” con dirección del Ministerio de Migraciones.

La resolución favorable de mi permiso de residencia en España y por hacer el trámite hubiera ido hasta Pamplona.

Al Barco hay una hora y media de trayecto por una carretera que era el camino seguro a dejarte medio coche en uno de los baches, pero ahora se discurre mejor luego de varias reparaciones. En algunos puntos de la carretera unos operarios con máquinas inmensas perforan las montañas, ponen una malla y tratan de contener las laderas.

Muchas curvas, otra provincia que solo existe por un par de kilómetros, sol, mucho sol, el que quizás hizo ver a Don Quijote sus molinos. El viaje es un poco poético o metafórico, depende de que punto de vista se quiera ver. El verano pasado ardió cuanto monte pudo arder en esa zona y ahora las cenizas y la carbonilla es lo único que se ve. Pero también hay pasto que resurge, laderas que poco a poco dejan de ser desérticas y la vida vuelve.

La vida se ha tornado suave y generosa. Ya tengo la residencia en mis manos, gracias a Dios, es lo que siempre digo (y pienso).

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