Mi abuelo siempre mandaba «recuerdos»

A las 3 de la tarde sonó mi teléfono. Una llamada errática estremeció la cama, el piso y los cimientos del edificio. Vi que era mi madre y deslicé a la derecha hasta escuchar su voz.
Terminé de ajustarme la camisa y me asomé a mi baranda; el suspiro entrecortado me encogió el corazón. Su voz llorosa pero nítida me atravesó el oído, «mi niño tu abuelo falleció». En el breve espacio de dos horas la muerte se había escurrido hasta mi casa en Cuba y había plantado bandera en la cama de mi abuelo, en el habitáculo casi hospitalario en el cual mi madre lo atendía.
Dos horas antes a través de una videollamada lo había visto desayunar, pero con la mirada perdida detrás de unos ojos ciegos, sumergidos en las cataratas.
—¿Cómo que falleció mamá?
—Sí, falleció. —un sollozo incontrolable se le escapó— Tú sabes que él estaba mal…
—Sí, yo sé que él estaba mal.
Asumí la crónica de una muerte anunciada como finalmente un hecho consumado, era una historia que se venía escribiendo. Su diagnóstico era: 40 años de cigarros cubanos. Una enfermedad pulmonar obstructiva crónica que lo llevó al hospital dos veces. Mi abuelo siempre tenía una tos intensa, húmeda, como si fuera un anuncio de tormenta. Para él era un síntoma de un próximo “catarro”, no la carencia de bronquios que le permitieran respirar bien. El cigarro lo había envenenado. Mi madre me pidió que hiciera un par de llamadas, que le avisara a algún que otro familiar. Poco más podía hacer.
De acuerdo con las leyes entre Cuba y la muerte, exhalar te quitaba el derecho a un funeral. En cuestión de horas el destino era estar bajo la tierra.
Llamé a quien pude y me fui a trabajar. Hice el camino en un estado de trance, cómo si no hubiera sido yo en cada curva, en cada cambio de marcha, en cada desaceleración que hacía al subir y bordear las ligeras montañas de mi ciudad.
Saludé a todos en la oficina, fui hasta mi mesa y encendí el ordenador. Al poco tiempo llegó Evelio, justo después llegó Ale. Cuando les conté, un llanto impulsivo se formó dentro de mí, mis ojos quisieron expulsar una lágrima, pero tragar saliva y desatar el nudo gordiano de mi garganta me calmó. No era el lugar para ser sensible.
Ale me dio un abrazo y trató de sostener la carencia enorme de no poder ir a Cuba, de no poder estar con mi madre.
Volví a la computadora, a la actualidad internacional, a los videos virales de los que se le podía sacar una notica, a los párrafos y su orden. Volví a contarle al mundo todo cuanto pasaba menos que a miles de kilómetros mi abuelo se me había muerto.
Yo no podía contar las mañanas que pasé en el parque mirando como él limpiaba zapatos. Yo no podía contar que fue él el que me regaló mi primer reloj. Yo no podía contar acerca de los domingos que comíamos congrí y carne de puerco. Yo no podía contar que su forma de dar cariño en la distancia era decir que me mandaba «recuerdos». Yo no podía contar que mi abuelo se me había muerto.
A las 8 de la tarde mi madre me llamó de nuevo, ya estaba enterrado.
Volví a mi escritorio y mi exjefa hizo una pregunta torpedo, una de sus tantas formas de extender su dictadura. Alzó la voz, nadie respondió y empezó a disertar sobre nuestra falta de información, sobre la falta de compromiso y nuevamente la discusión y sus ganas de pelear recalaron en mí. «¿Por qué no viste el informativo? ¿por qué no viste el telediario? ¿Por qué estas ajeno del mundo, Lester?».
Pero el alma no me daba para explicarle de manera gentil, para tragarme su bronca y echarle un poco más de culpa a mi corazón.
—Porque mi abuelo murió esta tarde.
